sábado, 13 de agosto de 2016

La memoria histórica que el FMLN olvida



Masacre de la Zona Rosa, donde 13 personas perdieron la vida

Encontré en el semanario “El siglo XXI”, medio oficial de comunicación del FMLN (aquí un ejemplar) una sección llamada “Memoria Histórica”, un espacio destinado a mantener el recuerdo de los abusos perpetrados por los cuerpos represivos del Estado durante la década de los 80. 

Es muy frecuente encontrar notas de las violaciones de los Derechos Humanos durante el conflicto armado en muchos medios de izquierda, como si éstas debieran mantenerse presentes en las actuales y futuras generaciones. Sé que el conocimiento de nuestra historia es importante pues nos permite reflexionar sobre ella y hacer lo posible por no cometer los mismos errores, pero me pareció injusto encontrar siempre el recordatorio de las víctimas de un bando y la completa invisibilidad del otro.
Me pareció interesante investigar sobre la historia de los “otros asesinados”, es decir, aquellas víctimas que no murieron a manos de los cuerpos represivos del Estado, sino a manos de la misma guerrilla. El plagio y posterior asesinato del empresario Ernesto Regalado Dueñas, en 1971, ¿acaso no es parte de nuestra memoria histórica? ¿Y qué decir, también, del asesinato del doctor Carlos Alfaro Castillo, rector de la Universidad de El Salvador en el 1977? ¿O cómo olvidar al Fujio Matsumoto, presidente de SINCA, quien fuera encontrando muerto en el cerro San Jacinto meses después de haber pagado una fuerte suma de dinero para su rescate?
Podría mencionar también algunos casos de profesionales, obreros y campesinos. En 1979 fue cruelmente ametrallado el Ministro de Educación Dr. Carlos Herrera Rebollo, cuyo hecho se atribuyó a las FPLEntre 1985-1988 la Comandancia General del FMLN aprobó las ejecuciones sumarias contra más de 10 jefes edilicios  por considerarlos "enemigos de la revolución". El 7 de abril de 1980 siete miembros de cuatro familias fueron asesinados por militantes de las FPL en el cantón El Carmen, departamento de Cuscatlán. También, el 9 de agosto de ese mismo año, 26 miembros de cuatro familias campesinas fueron asesinados en el Plan El Manzano, Dulce Nombre de María, Chalatenango. Entre los muertos se encontraron 24 hombres, una mujer y una niña. Dos meses después, en octubre, 14 campesinos del cantón El Sitio, Ilobasco, también fueron asesinados por extremistas. Según informes de La Prensa Gráfica, medio que consulté en la hemeroteca de la UCA, se señalaron como responsables a las FPL.

Y podría continuar así a lo largo de esta publicación, incluso, mencionando casos que no alcanzó a registrar la Comisión de la Verdad. Muchos pastores evangélicos, maestros,  jóvenes, ancianos, niños. ¿Haríamos bien ocultando estos hechos en nuestra memoria como país? ¿Será que esta clase de historia le resulta incómoda a mucha gente de izquierda? ¿Por qué el FMLN histórico jamás sentó una postura con el sonado caso de Mayo Sibrián, conocido como “el Carnicero” de la Paracentral, victimario de más de trescientos de sus mismos compañeros revolucionarios? Entiendo que en una guerra se llega al paroxismo, pero no solo el ejército disparó sus balas contra civiles, sino muchas organizaciones de izquierda en tantos casos que no alcanzarían a mencionarse en esta publicación; y el hecho de que no se digan, que no se promocionen, no significa que no existieron, que no sean igual de fuertes, igual de válidas en nuestra historia como país. Esa historia también conviene no olvidar.
No pretendo justificar con esto las masacres perpetradas por las Fuerzas Armadas y los Escuadrones de la Muerte financiados por la extrema derecha, pero, más allá de la imagen romántica que la literatura de izquierda nos ha tratado de vender durante todos estos años, existieron muchas violaciones a los derechos humanos por parte de la guerrilla salvadoreña, y que no se recuerden, que no se promocionen de igual modo que lo hace la izquierda con su versión, no significa que no se dieron. Si vamos a hacer uso de la Memoria Histórica, que sea de forma útil y responsable. Entendámosla como una herramienta de reafirmación de nuestra identidad y no como un objeto manipulable para mantener abiertas las heridas que intenten reivindicar las “luchas” de un partido político. 

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