jueves, 25 de junio de 2015

Sobre la necesidad de una política pública docente en El Salvador

Imagen tomada de transparenciaactiva.gob.sv

El informe McKinsey del 2007: Cómo hicieron los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo para alcanzar sus objetivos, reveló que el nivel educativo de un país depende de la formación, motivación y aprendizaje permanente de sus profesores, y esto no es de extrañar. Sin importar los nuevos planes o programas que surgen con cada gobierno, los docentes han sido pieza fundamental en el desarrollo educativo de nuestra nación. En países como Singapur o Japón, el maestro goza de un enorme prestigio social, no solo por sus altos ingresos económicos, sino por la valoración cultural que se tiene de ellos. Ser maestro en países desarrollados como Finlandia o Corea del Sur no es una oportunidad más, sino un privilegio que pocos tienen.

En El Salvador, por otro lado, desde hace algunas décadas la imagen del docente ha ido en deterioro. No resulta extraño encontrar a la carrera docente como mal pagada, o donde “cualquiera” se puede desempeñar, cuando en décadas pasadas, los maestros gozaban de un alto estima tanto en las zonas rurales como urbanas. Quizá, estos cambios se deban a una nueva formación de maestros (ahora asignada a las universidades) y a sus procedimientos de ingreso al sistema público nacional (a través de un tribunal calificador que no toma en cuenta la calidad de los enseñantes). Antaño, el Estado era el responsable de instruir a los formadores y asignarlos en un centro de estudios. Las Escuelas Normales, fundadas por el presidente Gerardo Barrios, eran verdaderas academias educativas donde solo los candidatos más aptos podían graduarse y ejercer como profesores. La docencia era vista como una vocación y como una enorme responsabilidad social, no solo por el mismo gremio, sino por la sociedad en general.

En la actualidad, esperamos que los maestros den el ciento por ciento en su trabajo, que se preocupen por el aprendizaje significativo de sus alumnos y que dejen huella en su escuela y comunidad, pero estas expectativas, por más auténticas que sean, se hace difícil cumplirlas si no se cuenta con una formación docente de calidad, con incentivos salariales y formación continua, ni con un sistema nacional de evaluación docente. En pocas palabras: si no existe una política educativa de nación que garantice contar con buenos profesores por vocación, competentes y motivados.

El documento Profesores excelentes: Cómo mejorar el aprendizaje en América Latina y el Caribe, del Banco Mundial, propone tres desafíos básicos: reclutar, desarrollar y motivar a los docentes eficaces. El estudio menciona países como Brasil que han alcanzado notables avances en su desarrollo económico y social gracias a un mayor control en estos tres aspectos. Esta sería una buena hoja de ruta para empezar, pero los cambios deben ser lo más pronto posible y con la participación de todos.


Hace falta mucho para alcanzar la calidad de educación que deseamos, máxime con los índices de baja matrícula, deserción escolar y el constante acoso a maestros y estudiantes por parte de las estructuras criminales, pero la verdadera dignificación del magisterio consiste en reconocer que los buenos maestros hacen la diferencia, y que en la medida que existan más y mejores maestros se podrán cambiar muchas realidades, incluso, la de todo un país. 

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