De la necesidad de la evaluación institucional

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Desde que inicié la asignatura de Evaluación Institucional no he hecho más que fijar cada vez más mi afición por la naturaleza de la evaluación. En la cabeza me martilla cada vez más la “cultura de evaluación”, no solo para una institución, sino para los profesionales en educación. Supongo que he tenido experiencia en ello: he trabajado en instituciones de gran exigencia evaluativa y he practicado más de algún deporte donde se entrena, se corrige y se mejora. 

Creo que mejorar no depende, en exclusiva, de nuestra voluntad sino de las opciones institucionales que se nos ofrezcan. En muchas instituciones pueden existir excepcionales profesionales, pero si no se crean condiciones para su desarrollo, oportunidades y un proceso de mejora continua, se corre el riesgo de estancarse y el dinamismo y energía en una institución, se atrofia. Por ejemplo, en la institución donde actualmente laboro los procesos son mucho más lentos y burocráticos que mi trabajo anterior, el ambiente de cambio que algunos docentes queremos llevar a cabo no tiene eco en otros docentes ni en las mismas autoridades de la institución (una sola golondrina no hace verano). Esto es, a mi juicio, el resultado de no contar con un plan estratégico y una evaluación continua de los procesos académicos y administrativos de la escuela, y más aún, de la mejora eficaz de la mayoría de problemas, sin contar con un seguimiento de observación de los mismos. Al final, hago mi evaluación empírica y me digo “por más que quiera hacer un cambio significativo, no hay voluntad en las autoridades educativas para hacerlo o respaldarlo”. 

La evaluación institucional es un proceso investigativo. En este caso, y para mí, me apoyaría en muchas técnicas cualitativas como grupos focales, entrevistas e historias de vida para evaluar cada una las áreas involucradas y sacar de ahí las oportunidades, fortalezas, amenazas y debilidades para un cambio. De hecho, seguiría los pasos de: definir la necesidad de cambio, establecer condiciones para actuar, definir el problema, diseñar un pequeño marco conceptual y metodológico para seguir después con un trabajo de campo y un análisis de la información. Finalizaría con un plan de mejoras y de seguimiento. 

A decir verdad, en este momento se está llevando a cabo una evaluación de este tipo por parte de una unidad nueva de comunicación en mi trabajo, y estoy tratando, en la medida de lo posible, de ayudar en el proceso y aprender un poco más de los pasos a seguir y recomendaciones a tomar. En la materia Formulación y Planificación Estratégica de Políticas Educativas que nos impartió Oscar Picardo hace unos meses, comprobé que un proceso como éste solo dará frutos a mediano y largo plazo (como La Selecta) pues se proyectan en el tiempo y requiere el compromiso de todas las partes involucradas (he ahí la importancia de un plan de seguimiento). Hoy por hoy, el mundo se resume en “renovarse o morir”. No se pueden dejar al azar las posibilidades de un cambio real y concreto de mejora. Creo que el país y nosotros como profesionales y educadores no podemos permitirlo. De lo contrario, nos quedaremos obsoletos y cada vez más atrás en un mundo altamente competitivo. Hace falta más evaluación institucional, pero sobre todo, una cultura de evaluación y mejora que permita hacer de El Salvador un país mucho más profesional y efectivo. 

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