viernes, 1 de febrero de 2013

La educación, bajo la mirada de Freire


Freire sabía, mejor que nadie, que los cambios sociales comienzan por uno mismo y no por un grupo enquistado en la cúpula económica dominante de un país. Si bien es cierto, estos sectores han concebido, diseñado y dirigido reformas educativas acorde a sus intereses de producción y expansión comercial durante las últimas centurias, no significa que ésta sea la panacea de nuestros males ni el paradigma a seguir para crear una sociedad más justa, libre, democrática, participativa y feliz. El hombre actual tiene demandas, tiene nuevas y antiguas necesidades que han sido ignoradas a través de los años. La invisibilidad de la mujer es un ejemplo de ello. Las oportunidades desiguales entre ambos sexos han dejado huella a través de los años, especialmente en nuestro país (y es nada más un ejemplo).

En América Latina, durante una muy buena parte de tiempo, las reformas educativas ayudaban más a adoctrinar y catequizar a las masas trabajadoras que a capacitarlas en un oficio y educarlas para la vida. Hoy por hoy, los tiempos han cambiado, nuevos sistemas de producción han ido surgiendo, el comercio y la globalización nos visualizan como una aldea mundial donde todos deberíamos hablar el mismo idioma y mostrar las mismas conductas. Aún así, ante tal coyuntura, es duro encontrarse con “educadores” que reproducen los mismos modelos de conducta totalitarios y machistas de hace doscientos años. Es duro encontrarse con una descomunal inoperancia en los centros escolares públicos del país, donde miles de niños con problemas de autoestima y de aprendizaje se topan con educandos que reproducen estos mismos modelos totalitarios y conductistas de hace doscientos años en aras de “mantener el orden” y de “continuar haciendo las cosas como se han hecho siempre”. Es duro encontrar personas que simplemente laboran sin ninguna vocación magisterial. Es duro. Freire, en su Pedagogía del Oprimido, invita a crear a ese Nuevo Docente que transforme la sociedad de una forma integral, orgánica, pragmática y ecléctica. Ese maestro depurado y con vocación filosófica para poder asumir el papel de Sócrates, Platón y Aristóteles en una sociedad tan falta de reflexión, de visión y de practicidad en lo realmente es importante: su vida y felicidad. Freire nos habla de ese docente que con la base del ejemplo y genialidad esteta, configure delicadamente las perspectivas y metas a futuro de los estudiantes. Ese maestro Líder, Motivador, Constructor de conocimiento y de vida. Ese Maestro Creador y Formador que sirve y educa con el ejemplo. Con todas las capacidades pertinentes y con toda una vocación y visión histórica necesaria para esculpir al Nuevo Hombre. Probablemente, el 50% de la efectividad que tenga el estudiante en su escuela también involucra al docente. Los maestros somos la primera piedra de la base de cualquier Reforma, y, sobre todo, el rostro de las políticas de vida y desarrollo inherentes en todo ser humano sin importar cómo se encuentre un sistema. El papel que ocupa el maestro en el pensamiento de Freire es principal. Es uno de los protagonistas, junto al estudiante y al padre de familia, en la misión por cambiar el mundo a través de la educación. Sin docentes motivados, alegres, capacitados, líderes, filósofos, emprendedores, motivadores no se logrará la libertad de la que Freire habla. La máxima de nuestra universidad estatal es: “La verdad nos hará libre. Hacia la libertad por la cultura”. El caudillo de comandar ese camino en busca de la libertad somos nosotros, los docentes.

Al menos yo tengo la esperanza de que el trabajo docente se valore algún día en este país y se seleccionen a los docentes reales que necesita nuestro sistema educativo para hacer tangible estos cambios significativos. Sin el aporte fundamental de los docentes capacitados, ninguna Reforma Educativa podrá concretarse eficientemente. Sin la conformación de un eficaz cuerpo de profesores no lograremos ver cambios más allá de los pobres resultados que muestran las pruebas nacionales e internacionales. El Salvador merece una mejor realidad de la que ya tiene. 

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