jueves, 13 de diciembre de 2012

De los riesgos de ser un hombre maravilloso

Marcela, la niña de la tienda (la de los ojos azules) me dijo hoy que yo era un hombre maravilloso. Me lo dijo seria, de frente, mientras me sujetaba la mano con fuerza cuando me daba el vuelto.

Es usted un hombre maravilloso.

Sentí frío, sobre todo porque su mano estaba helada y había estado parado debajo de la noche durante los diez minutos que tardaron los demás clientes en salir.

—Es usted un hombre maravilloso— me dijo. Me lo dijo después con los ojos. Me lo dijo con algo de lástima porque sabía que no me volvería a ver. Ambos lo sabíamos.

— Escape. Huya. Hoy. Esta noche.

Me temblaron las rodillas. 

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