miércoles, 4 de mayo de 2011

Ah nooo... con cínicos no

Por Lafitte Fernández
Periodista

Nota publicada en Diario El Mundo


Llegué a visitarte la primera noche de tu vela. No quise acercarme ni verte enfundado en el ataúd. No, no, no. Yo prefiero recordar las imágenes de mis amigos tal y como las miré siempre. Odio ver los rostros de quienes fallecen por ese rectángulo relleno de vidrio que le colocan a los ataúdes. Eso no me parece justo. La vida siempre es demasiado corta como para entender la muerte. Y al final nos vamos como lo que jamás fuimos. Por eso me quedé a unos pocos metros de donde estabas, recordándote, con algunos de tus amigos, como lo que fuiste. Así fue mejor. Después me marché y no volví. Creo que los dos teníamos eso en común: los dolores los parimos solos, desgarrándote desde adentro hasta que la sangre reflote de nuevo. Dicen que eso es malo pero, al menos yo, nunca pude cambiar. Eso sí: pasé muchas horas leyendo de nuevo tus libros. ¡Qué buen escritor fuiste siempre, buey! El tiempo extra lo pasé recordando cada palabra de nuestra última conversación. Las blindé en mi memoria . Ahí las anidaré siempre. Fueron francas, honestas, inteligentes, muy a lo tuyo. Aunque se acercaba tu muerte- y tú lo sabías porque nada te pillaba desprevenido- cuando casi cerraba la puerta de tu habitación, en ese hospital que te visité, y te miré, profundamente a los ojos, sabía que no te volvería a ver. Yo lo presentí. Tú también.


Luego de aquella noche no volví a tus velas, ni a tu cremación. Temí encontrarme con aquellos que te quitaron de la dirección de la Casa del Escritor, y hasta te bajaron el sueldo, porque se sintieron gobierno nuevo. De repente dijeron que como asumiste ese cargo en un gobierno de ARENA, eras un colaboracionista. ¡Qué pena dan los analfabetos del espíritu! ¿Acaso enseñar a escribir o apostarle al talento de jóvenes tiene ideología, momento político, bandera o cálculo? Para peores, cuando enfermaste, un patético funcionario casi dijo que te mantenían el salario recortado por una suerte de lástima. Eso no lo conversamos nunca. Pero yo lo sabía. Por eso, y porque sé que sobran los cínicos, preferí no volver a las velas. Las únicas más caras que soporto son las de la tragedia griega. Aunque, debo ser honesto, mucha gente del nuevo gobierno te respetó siempre.


Moriste, Rafa, lleno de reconocimientos. Rodeado de tus mejores discípulos y de quienes ,verdaderamente, te amaron. Por eso me gustó lo que dijo Carlos Dada en un programa de televisión: “murió un intelectual en un país con pocos intelectuales”. Carlos siempre tiene la palabra precisa. Esa noche del jueves las tiró como dardos. No había necesidad de decir nada más. A Krisma, tu esposa, y a tus hijos los miré tranquilos. Fuertes, bien enhebrados, en paz. “Hicimos lo que pudimos”, me escribió Krisma el mismo día de tu muerte. Tenía razón: nadie te dejó solo y hasta con atrevimiento se desafió a la Ciencia. Pero, ahora creo que ya querías irte. Querías morir como queremos morir muchos: sin grandes dolores, sin angustias, sin golpes arteros. Y lo conseguiste, Rafa. Así moriste. Tomaste la oportunidad.


Del país, ya no te preocupes. Poco cambia: siguen haciéndose mal algunas cosas. Los chanchullos no cambian. ¡ Imagínate que ahora hasta una interpretación auténtica de una norma se utiliza en la Asamblea Legislativa para legislar y darle más poder al presidente de un tribunal! Pero hemos ganado en otras cosas: a la Sala de lo Constitucional no han logrado bajarla ( como quieren quienes creen que son dueños del poder) y, hace dos días, hicieron lo correcto: obligar al PCN, y al PDC, a refundarse como partido. ¡Ningún salvataje ilegal puede ser bueno para estos guardianes de la Constitución!. Así vamos: a brincos y saltos. No te has perdido mucho. Los que sí perdimos muchísimo fuimos tus amigos con tu partida. Siempre nos faltará una mente libre ante las obras que juzgamos.

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