Wino el artesano - Historia de un expandillero

Wino (Ronald, su nombre real) se gana la vida haciendo pulseras, aretes y collares en una de las esquinas frente al Monumento al Mar.

Lleva cuatro años así, luego de quedar inválido en una balacera con miembros de una pandilla rival. Después de pasar penurias limpiando parabrisas y pidiendo frente a la universidad nacional, encontró un grupo de rehabilitación donde le dieron habitación, ropa, comida y un par de consejos. Con un capital semilla se consiguió una bolsada de mostacilla, piedras blancas e hilo naylon. Ahí fue cuando comenzó a elaborar y a vender sus materiales, y ya lleva así un buen tiempo así. Todas las tardes baja por la mencionada avenida y cruza sobre la calle Arce, hasta llegar atrás de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, frente a La Casa de la Cultura del centro.

Wino es lo que podría llamarse un buen tipo. Sus arreglos oscilan entre $2 a $5. Esto le alcanza para pagar el hospedaje, comida, ropa y comprar materia prima. Al final de la jornada asiste a un culto religioso de una iglesia evangélica cercana.

Piensa que si hubiera recibido un poco de orientación no estaría en una silla, aún así agradece a Dios por la misericordia y por las amistades que ha cosechado.
Tiene una lágrima debajo de su ojo izquierdo, pero en ambos, detrás de esos lentes, hay siempre una mirada de confianza y respeto.

¿Por qué el sobrenombre Wino?

Durante el tiempo de ilegal en los Estados Unidos sufrió una fuerte adicción al vino y a otro tipo de drogas y por eso el "Wine" (Wino o Waino, pues)."Allá las maras operan de modo muy distinto, explica, extorsionando a los de su mismo barrio, contrario a las del sur de Los Ángeles, que de alguna manera velan por él".

Ronald no dice a qué mara pertenece. Al parecer es una pandilla afín a la 18. En navidad, cuando esperaba a un amigo, le tocó recibir el balazo que no era para él (su amigo lo recibió tiempo después, pero no corrió la misma suerte de contar la historia). No tiene familia en El Salvador. Lleva una vida tranquila, con documentación salvadoreña, y se ha vuelto a reencontrar efectivamente con sus hermanas en el exterior.

Esta es una historia en un millón. Ronald está consciente de que lo que llevaba no era vida, y no le quedó más remedio que dejarse llevar por las condiciones en las que se encontraba en su juventud (situaciones similares que pasan cientos de jóvenes salvadoreños hoy en día).

En lo personal, me llena de alegría mirarlo siempre en el mismo lugar, con el buen ánimo que irradia, confeccionando prendas que harán feliz a más de alguna chica, además de mirarlo como un ejemplo de voluntad. Hasta la fecha el Estado no cuenta con ningún programa para reinsertar a este tipo de personas a una vida laboral formal. Comparto la visión del post de abajo, no quiero ser "el papá de los mareros", pero este tipo ha tenido una segunda oportunidad y todos merecemos una. Bien por él, pero hace falta mucho para tomar medidas de prevención para evitar estos casos en un futuro: educación, economía, etc.

Para los blogueros que lean esto y que viajan a diario por ese lugar, háganme el favor de acercársele, y si pueden, cómprense un par de pulseras, que son de muy buena calidad.

historia-de-wino

Comentarios

interesante su historia.
pero tu reportage es muy bueno colega.
saludos desde España.
http://tomasdevillanueva.blogspot.com/

Entradas populares de este blog

Lanzar los dados de Charles Bukowski

Tres poemas de Cortázar

Historia de los Terremotos en San Salvador, El Salvador