martes, 8 de noviembre de 2022

Pantógrafo Editores: una nueva antología de educadores

El sábado 22 de octubre presenté mi primer proyecto antológico: "Cuentos Indispensables" bajo el sello de Pantógrafo Editores. Fue una tarde muy especial donde pude compartir con amigos y colegas que nos acompañaron, que leyeron, que compraron el libro.

Creo que lo más importante de todo esto es la propuesta literaria: el haber reunido a varios colegas narradores y poder compartir sus historias en un pequeño y bonito libro. También lo veo como un enorme aprendizaje para mi formación literaria y editorial (uno va aprendiendo en el camino, a la brava, pues), y me entusiasma haber creado una plataforma, un espacio de difusión y un espacio de encuentro de muchas voces interesantes.

El amigo Manuel Cerón escribió una breve reseña del evento.




Y comparto acá las palabras preliminares de la antología:

A lo largo de la historia salvadoreña hemos contado con una cantidad considerable de educadores que han sabido combinar la enseñanza con la pasión por la literatura de manera asombrosa. Juan Ramón Uriarte, Alberto Masferrer, Eva Alcaine de Palomo y Francisco Andrés Escobar son solo algunos ejemplos, quienes no sólo dedicaron gran parte de su tiempo a una intensa labor educativa, sino que supieron transmitir el amor por este oficio, ejerciéndolo, es decir, escribiendo y publicando periódicamente.

Durante el siglo XX y a inicios del XXI, uno de los retos de las sociedades latinoamericanas ha sido el aumentar los niveles de calidad educativa en sus respectivos países, y dos de las habilidades fundamentales para que esto se logre son, indudablemente, aprender a leer y escribir. El maestro Alberto Masferrer señaló, en su ensayo Leer y escribir, que el principal problema que debíamos tratar en nuestra vida intelectual como salvadoreños era aprender a leer, porque «una nación inculta es una nación fácil de manipular y de dominar».

Sin embargo, hasta la fecha, no ha existido ningún plan nacional que fomente seria y prolongadamente este tipo de iniciativas en las escuelas; de hecho, en el sector público ni siquiera se cuenta con las condiciones necesarias para implementarlas. Y los maestros, aquellos quienes alternan su vida como docentes y escritores, y que buscan estimular la creatividad y el aprendizaje autónomo en sus chicos y chicas, ¿quiénes son? ¿Dónde se encuentran? ¿Dónde podemos leer sus trabajos? Lamentablemente, las autoridades educativas tampoco han tenido una visión clara sobre cómo estimular el talento de sus educadores y, de algún modo, este es uno de los principales propósitos que conlleva también esta publicación.

El talento que los colegas proyectan en cada uno de estos relatos nos hace pensar en la buena salud que goza hoy en día la narrativa salvadoreña. En cada una de estas historias se hilvanan detalles, hechos y emociones que nos encaminan a un descubrimiento tierno o atroz, a través de vidas comunes, en lo pequeño y hasta en lo íntimo, para comprender así a una sociedad entera. ¿Cómo duele lo social en los rincones personales? En estos relatos, escritos con honestidad y valentía, no vamos a encontrar respuestas, sino un estado de constante interrogación. Relatos como Mi hogar ya no está, de Dámaris Marroquín, La granjita poética de Edelmira Morales, y La audición de Esaú Deleón, tienen claramente un público infantil. El primero es un retrato de la destrucción de los hábitats y cómo esto afecta a diferentes especies animales, mientras que el segundo y el tercero se conjugan perfectamente para demostrar que el arte y el juego son siempre sinónimos de libertad, incluso en tiempos de confinamiento. El trencito de Alberto Pocasangre, Eugenia de Kenny López y El dolor de la risa de Astrid Menjívar perfilan relaciones íntimas, poderosas, escritas desde el asomo de la despedida o el rencuentro; mientras que Gestiones públicas de Antonio Cruz y La mujer del revólver de Mario Juárez bordean la temática social y realista en el contexto salvadoreño. El presentimiento de Jacqueline Zamora y La flor violeta de Erick Sánchez, en cambio, son relatos que se revelan desde lo fantástico, el primero desde lo insólito en el espacio cotidiano, y el segundo, desde la configuración de un mundo mitológico de ensueño.  

Deseamos que disfruten de esta compilación que esperamos sea la primera de muchas, pues uno de los objetivos de Pantógrafo Editores es canalizar esos talentos y dibujar así un mapa de educadores literatos en el sistema nacional. Tenemos la certeza de que la relación entre educadores y estudiantes es simbiótica: en la medida que estimulemos a nuestros maestros y maestras, estaremos estimulando también el talento de nuestros niños y niñas.

Confiamos que el buen lector halle en estas páginas el peso y la urgencia de sus premisas.

Los editores.

 


Aún no estoy seguro de sacar otra antología en el 2023, pero me la he pasado bien, me he divertido y me gusta creer que mucha gente se la ha pasado bien y ha sido feliz con este proyecto. 

viernes, 11 de marzo de 2022

11 03 22

Me siento muy feliz porque acabo de terminar la escaleta uno y dos de mi novela. El capítulo uno está listo y voy a medias por el capítulo dos. Me falta la escaleta del capítulo 3 que espero escribir la próxima semana. Los viernes, como este, son días buenos porque tengo tiempo para leer y escribir, a excepción de un par de clases que debo dar en las tardes. Se me estaba ocurriendo que, eventualmente, podría abandonar el Liceo una vez me pase al INAM. Se me ocurre que puedo trabajar ahí por las mañanas y conseguir, eventualmente, unas horas clase durante la tarde, sólo unas horas nada más. La presión y el ritmo serían soportables y tendría más tiempo para leer y escribir, que es, al final de cuentas, lo que quiero y necesito. Quizá eso se materialice dentro de dos años o tres. Sin embargo, lo comienzo a considerar desde ya. 

Este año tendré que tomar una actitud diferente: hay ciertas cosas que deben comenzar a valerme verga. Ya no estoy en edad para andar con prisas, corriendo, intentando llegar antes de la hora establecida, mordiéndome las uñas. Ya no estoy para esas carreras. Tampoco estoy para andar pendiente de lo que los otros piensen de mí, por preocuparme de proyectar una imagen pulcra y súper profesional. La verdad es que me vale. Quiero estar relax todo el tiempo y hacer lo que me ronque la gana. Lo único que realmente me interesa es leer y escribir. Quiero sentirme en total libertad para hacer lo que me gusta. Quiero relajarme. Mi mente y cuerpo me lo agradecerán.

Por lo demás, todo está bien. Mi familia está bien. Ruth está bien. Ricardo Gabriel está en el Liceo Salvadoreño y como él es talentoso e inteligente, no le está yendo mal. Mi niña, María José está feliz por estar con sus compañeras de octavo. Eunice también está muy bien. No hay nada qué lamentar.

Mi familia y escribir me mantienen a flote en este mundo, me mantienen contento, a salvo, feliz.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

El boxeador polaco


Un cuento de Eduardo Halfón. Un narrador que vale la pena seguir leyendo.


69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos. Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein' en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarle en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número. No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos, y extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre é1, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a é1, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso -con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba- escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu siempre el antebrazo de mi abuelo. Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma. Verdes y misteriosos hasta hace poco. A media tarde, sentados sobre su viejo soflí de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo. Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad. Fue en Auschwitz. Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas. Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwjtz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo. Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando final mente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño. Écheme un dedo más, eh, Oitze, me dijo entregándome su vasito. Yo lo hice, sabiendo que si mi abuela regresaba pronto de hacer sus compras me 1o habría reprochado. Desde que empezó con problemas cardíacos, mi abuelo se tomaba dos onzas de whisky a mediodía y otras dos onzas antes de la cena. No más. Salvo en ocasiones especiales, claro, como alguna fiesta o boda o partido de fútbol o aparición televisiva de Isabel Pantoja. Pero pensé que estaba agarrando fierza para aquello que quería contarme. Luego pensé que, bebiendo más de la cuenta en su actual estado físico, aquello que quería contarme podría alterarlo, posiblemente demasiado. Se acomodó sobre el viejo sofá y se gozó ese primer sorbo dulzón y yo recordé una vez que, de niño, lo escuché diciéndole a mi abuela que ya necesitaba comprar más Etiqueta Roja, el único whisky que él tomaba, cuando yo recién había descubierto más de treinta botellas guardadas en la despensa. Nuevitas. Y así se lo dije. Y mi abuelo me respondió con una sonrisa llena de misterio, con una sabiduría llena de algún tipo de dolor que yo jamás entendería: Por si hay guerra, Oitze. Estaba él alejado. Tenía la mirada opaca y fija en un gran ventanal por donde se podían contemplar las crestas de lluvia descendiendo sobre casi toda la inmensidad del verde barranco de la Colonia Elgin. No dejaba de masticar algo, alguna semilla o basurita o algo así. Entonces me percaté de que llevaba él desabrochado el pantalón de gabardina y abierta a medias la bragueta. Estuve.en el campo de concentración de Sachsenhausen. Cerca de Berlín. Desde noviembre dél treinta y nueve. Y se lamió los labios, bastante, como si lo que acababa de decir fuese comestible. Seguía cubriéndose el número con la mano derecha mientras, con la izquierda, sostenía el vasito sin whisky. Tomé la botella y le pregunté si deseaba que le sirviera un poco más, pero no me respondió o quizás no me escuchó. En Sachsenhausen, cerca de Berlín, continuó, había dos bloques de judíos y muchos bloques de alemanes,tal vez cincuenta bloques de alemanes, muchos prisioneros alemanes, ladrones alemanes y asesinos alemanes y alemanes que se habían casado con mujeres judías. Rassenschande, les decían en alemán. La vergüen za de la raza. Calló de nuevo y me pareció que su discurso era como un sosegado oleaje. A lo mejor porque la memoria es también pendular. A lo mejor porque el dolor únicamente se tolera dosificado. Quería pedirle que me hablara de LódLy de sus hermanos y de sus padres (conservaba una foto familiar, una sola, que había conseguido muchos años más tarde a través de un tío emigrado antes de estallar la guerra, y que mantenía colgada junto a su cama, y que a mí no me hacía sentir nada, como si aquellos pálidos rostros no fuesen de personas reales sino de personajes grises y anónimos arrancados de algún libro escolar de historia), pedirle que me hablara de todo aquello que le había sucedido antes del treinta y nueve, antes de Sachsenhausen. Amainó un poco la lluvia y de la entrañas del barranco empezó a trepar una nube blanca y saturada. Yo era el stubendienst de nuestro bloque. El encargado de nuestro bloque. Trescientos hombres. Doscientos ochenta hombres. Tiescientos diez hombres. Cada día unos cuantos más, cada día unos cuantos menos.Entiende, Oitze, me dijo a manera de afirmación, no de pregunta, y yo pensé que estaba cerciorándose de mi presencia, de mi compañía, como para no quedarse solito con las palabras. Dijo, y se llevó comida invisible a los labios: Yo era el encargado de conseguirles el café por las mañanas y después, por las tardes, la sopa de papa y el trozo de pan. Dijo, y abanicó el aire con la mano: Yo era el encargado de la limpieza, de barrer, de limpiar los catres. Dijo, y continuó abanicando el aire con la mano: yo era el encargado de sacar los cuerpos de aquellos hombres que amanecían muertos. Dijo, casi brindando: Pero también era el encargado de recibir a los judíos nuevos cuando llegaban a mi bloque, cuando gritaban en alemán juden eintreffen, juden eintreffen, y yo salía a recibirlos y me daba cuenta de que casi todos los judíos que llegaban a mi bloque traían escondido algún objeto valioso. Alguna cadenita o reloj o anillo o diamante. Algo bien guardado. Bien oculto en alguna parte. A veces hasta se lo habían tragado, y entonces unos días después les salía en la mierda. Me ofreció su vasito y yo le serví otro chorro de whisky. Era la primera vez que escuchaba a mi abuelo decir mierda,y la palabra, en ese momento, en ese contexto, me pareció hermosa. ¿Por qué usted, Oitze?,le pregunté, aprovechando un breve silencio. Él frunció el entrecejo y cerró un poquito los ojos y se quedó mirándome como si de repente hablásemos lenguajes distintos. ¿Por qué lo nombraron a usted encargado? Y en su viejo rostro, en su vieja mano que había terminado ya de gesticular y ahora se estaba tapando de nuevo el número, comprendí todas las implicaciones de esa pregunta. Comprendí la pregunta disfrazada adentro de esa pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para que lo nombraran encargado? Comprendí la pregunta que jamás se pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para sobrevivir? Sonrió, encogiéndose de hombros. Un día, nuestro lagerleiter, nuestro director, sólo me anunció que yo sería el encargado, y ya. Como si se pudiese decir lo indecible. Aunque mucho antes, prosiguió tras tomar un trago, en el treinta y nueve, cuando recién había llegado yo a Sachsenhausen, cerca de Berlín, nuestro lagerleiter me descubrió una mañana escondido debajo del catre. yo no quería ir a trabajar, entiende, y pensé que podía quedarme todo el día escondido debajo del catre. No sé cómo, el lagerleiter me encontró escondido debajo del catre y me arrastró hacia fuera y empezó a golpearme aquí, en el cóccix) con una varilla de madera o talvez de hierro. No sé cuántas veces. Hasta que perdí el conocimiento. Estuve diez o doce días en cama, sin poder caminar. Desde entonces el lagerleiter cambió su trato para conmigo. Me decía buenos días y buenas noches. Me ecía que le gustaba cómo mantenía mi catre de limpio. Yun día me dijo que yo sería el stubendienst, el encargado d limpiar mi bloque. Así nomás. se quedó pensativo, sacudiendo la cabeza. No recuerdo su nombre, ni su cara, dijo, masticó algo un ar de veces, lo escupió hacia un lado ¡ como si eso lo absolviera, como si eso fuese suficiente, añadió: Sus manos eran muy bonitas. Ni modo. Mi abuelo mantenía sus propias manos impecables. Semanalmente, sentados frente a un televisor cada vez más recio, mi abuela le arrancaba las cutículas con una pequeña pinza, le cortaba las uñas y se las limaba y después, mientras hacía lo mismo con la otra mano) se las dejaba remojando en una pequeña bacinica llena de un líquido viscoso y transparente y con olor a barniz. Al terminar ambas manos, tomaba un bote azul de Niveay le iba untando y masajeando la pomada blanquecina en cada dedo, lento, tierno, hasta que ambas manos la absorbían por completo y mi abuelo entonces se volvía a colocar el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho, desde hacía casi sesenta años, en forma de luto. Todos los judíos al entrar me daban a mí esos objetos que traían en secreto a sachsenhausen, cerca de Berlín. Entiende. Como yo era el encargado. Y yo les recibía esos objetos y los negociaba también en secreto con los cocineros polacos y les conseguía a los judíos que entraban algo aún más valioso. Cambiaba un reloj por un trozo adicional de pan. Una cadena de oro por un poco más de café. Un diamante por el último cucharón de la olla de sopa, el cucharón más deseado de la olla de sopa, donde siempre estaban hundidas las únicas dos o tres papas. Inició otra vez el murmullo sobre las tejas y yo me puse a pensar en esas dos o tres papas insípidas y sobrecocidas adentro de un mundo demarcado por alambre de púas, tanto más valiosas que cualquier lúcido diamante. Un día, decidí darle al lagerleiter una moneda de veinte dólares en oro. Saqué mis cigarros y me quedé jugando con uno. Podría decir que no lo encendí por pena, por respeto a mi abuelo, por pleitesía a esa moneda de veinte dólares en oro que de inmediato me imaginé negra y oxidada. Pero mejor no lo digo. Decidí darle una moneda de veinte dólares en oro al lagerleiter. Tal vez creí que ya había logrado la confianza dellagerleiter o talvez deseaba quedar bien con el lagerleiter. Un día, en el grupo de judíos que entraba, llegó un ucraniano y me pasó una moneda de veinte dólares en oro. El ucraniano la había escondido debajo de la lengua. Días y días con una moneda de veinte dólares en oro escondida debajo de la lengua, y el ucraniano me la entregó,yyo esperé a que todos salieran del bloque y se fueran a trabajar al campo y entonces llegué con el lagerleiter y se la di. El lagerleiter no me dijo nada. Só1o la guardó en la bolsa superior de su chaqueta, dio media vuelta y se marchó. Algunos días después, me despertaron a medianoche con una patada en el estómago. Me empujaron hacia fuera y allí estaba de pie el lagerleiter, vestido en un impermeable negro y con las manos detrás de la espalda, y entonces reaccioné y entendí por qué me seguían golpeando y pateando. Había nieve en el suelo. Ninguno hablaba. Me echaron en la parte trasera de un camión y cerraron la portezuela y yo me quedé medio dormido y temblando durante todo el trayecto. Era ya de día cuando el camión finalmente se detuvo. Por una rendija en la madera pude ver el gran rótulo sobre el portón de metal. Arbeit Macht Frei, decía. El trabajo libera. Escuché risas. pero risas cínicas, entiende, risas sucias, como burlándose de mí a través de ese estúpido rótulo. Abrieron la portezuela. Me ordenaron que bajara. Había nieve por todas partes. Vi el Muro Negro. Después vi el Bloque Once de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Bloque Once de Auschwitz. Sabíamos que la gente que se iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz. En un gesto inútil pero de alguna manera necesario, mi abuelo se llevó a los labios su vasito ya sin nada de whisky. Era un calabozo oscuro. Muy húmedo. De techo bajo. Casino había nada de luz. Ni aire. Sólo humedad. y personas amontonadas. Muchas personas amontonadas. Algunas personas llorando. Otras personas rezando en susurros el Kaddish. Encendí mi cigarro. Me solía decir mi abuelo que yo tenía la edad de los semáforos, porque el primer semáforo del país se había instalado en no sé qué intersección del centro el mismo día en que yo nací. También estaba vibrando ante un semáforo cuando le pregunté a mi mamá cómo llegaban los bebés a las panzas de las mujeres. Yo seguía medio hincado sobre el asiento trasero de un Volvo inmenso y color jade que, por alguna razón, vibraba al detenerse en los semáforos. Callé que un amigo (Hasbun) nos había secreteado durante el recreo que una mujer resultaba embarazada cuando un hombre le daba un beso en la boca, y que otro amigo (Asturias) había argumentado, con mucha más audacia, que un hombre y una mujer tenían que desnudarse juntos y luego bañarse juntos y luego hasta dormir juntos en la misma cama ,sin tener que tocarse. Me puse de pie en ese maravilloso espacio ubicado entre el asiento trasero y los dos asientos de enfrente, y aguardé una respuesta. El Volvo vibrando ante un semáforo rojo del bulevar Vista Hermosa, el cielo enteramente azul, el olor a tabaco y chicle de anís, la mirada negra y azucarada de un campesino en caites que se acercó a pedirnos limosna, la vergüenza silenciosa de mi mamá tratando de encontrar algunas palabras, las siguientes palabras: Pues cuando una mujer quiere un bebé, va al doctor y éste le da una pastilla celeste si ella quiere un niñito o le da una pastilla rosada si ella quiere una niñita, y entonces la mujer se toma esa pastilla y ya está, queda embarazada. El semáforo cambió a verde. El Volvo dejó de vibrar y yo, aún de pie y sosteniéndome de cualquier cosa para no salir volando) me imaginé a mí mismo metido en un pequeño frasco de vidrio, bien revuelto entre un montón de niñitos celestes y niñitas rosadas, mi nombre grabado en bajorrelieve (igual que la palabra Bayer en las aspirinas que me tomaba de vez en cuando y que tanto me sabían a yeso), inmóvil y calladito mientras esperaba que alguna señora llegase a la clínica del doctor (la observé ancha y deforme a través del cristal, como en uno de esos espejos ondulados de circo) y me tragara con un poquito de agua (y percibí, con la percepción ingenua de un niño, por supuesto, la crueldad del azar, la violencia casual que me tumbaría sobre la mano abierta de alguna señora, cualquier señora, esa mano grande y sudada y fortuita que luego me lanzaría hacia una boca igualmente grande y sudada y fortuita),para así, por fin, introducirme en una panza desconocida y poder nacer. Jamás he logrado sacudirme la sensación de soledad y abandono que sentí metido en aquel frasco de vidrio. A veces la olvido o quizás decido olvidarla o quizás, absurdamente, me aseguro a mí mismo que ya la he olvidado por completo. Hasta que algo, cualquier cosa, la más mínima cosa, me vuelve a meter en aquel frasco de vidrio. Por ejemplo: mi primer encuentro sexual, a los quince años, con una prostituta de un burdel de cinco pesos llamado El Puente. Por ejemplo: una equivocada habitación al final de un viaje balcánico. Por ejemplo: un canario amarillo que,a media plaza de Tecpán, escogió una profecía secreta y rosadita. Por ejemplo: la mano helada de un amigo tartamudo, estrechada por última vez. Por ejemplo: la imagen claustrofóbica del calabozo oscuro y húmedo y apretado y harto de susurros donde estuvo encerrado mi abuelo, sesenta años atrás, en el Bloque Once, en Auschwitz. Personas lloraban y personas rezaban el Kaddish. Acerqué el cenicero. Me sentía ya un poco mareado, pero igual nos serví lo que restaba del whisky. Qué más le queda a uno cuando sabe que al día siguiente lo van a fusilar, eh. Nada más. O se tira a llorar o se tira atezar el Kaddish. Yo no sabía el Kaddish. Pero esa noche, por primera vez en mi vida, también recé el Kaddish. Recé el Kaddish pensando en mis padres y recé el Kaddish pensando que al día siguiente me fusilarían hincado de frente al Muro Negro de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Muro Negro de Auschwitz y yo mismo había visto ese Muro Negro de Auschwitz al bajarme del camión y bien sabía que era donde fusilaban. Gnadenschuss, un solo tiro en la nuca. Pero el Muro Negro de Auschwitz no me pareció tan grande como lo había supuesto.Tampoco me pareció tan negro. Era negro con manchitas blancas. Por todas partes tenía manchitas blancas, dijo mi abuelo mientras presionaba teclas aéreas con el índice y yo, fumando, me imaginaba un cielo estrellado. Dijo: Salpicaduras blancas. Dijo: Hechas quizás por las mismas balas después de atravesar tantas nucas.Estaba muy oscuro en el calabozo, continuó rápidamente, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. No sé por qué empezó a hablarme en polaco. Talvez me oyó rezando el Kaddish y reconoció mi acento. Él era un judío delódL. Los dos éramos judíos del-ódí., pero yo dela calle Zeromskiego, cerca del mercadoLelony Rinek, y él del lado opuesto, cerca del parque Poniatowski. Él era un boxeadordef-ódL. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco. Más bien él me habló toda la noche en polaco. Me dijo en polaco que llevaba mucho tiempo allí, en el Bloque Once, y que los alemanes 1o mantenían vivo porque les gustaba verlo boxear. Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio. Y así pasó. Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera y no diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que no dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo jamás supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado. Machaqué mi cigarro en el cenicero y me empiné el último traguito de whisky. Quería preguntarle algo sobre el número o sobre aquel joven judío que se lo tatuó. Pero sólo le pregunté qué le había dicho el boxeador polaco. Él pareció no entender mi pregunta y entonces se la repetí, un poco más ansioso, un poco más recio. ¿Qué cosas , Oitze, le dijo el boxeador que dijera y no dijera durante aquel juicio? Mi abuelo se rio aún confundido y se echó para atrás y yo recordé que él se negaba a hablar en polaco, que é1 llevaba sesenta años negándose a decir una sola palabra en su lengua materna, en la lengua materna de aquellos que, en noviembre del treinta y nueve, decía é1,1o habían traicionado. Nunca supe si mi abuelo no recordaba las palabras del boxeador polaco, o si eligió no decírmelas, o si sencillamente ya no importaban, si habían cumplido ya su propósito como palabras y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco que alguna noche oscura las pronunció. Una vez más, me quedé viendo el número de mi abue1o, 69752, tatuado una mañana del invierno del cuarenta y dos, por un joven judío, en Auschwitz. Intenté imaginarme l rostro del boxeador polaco, imaginarme sus puños, imaginarme el posible chisguetazo blanco que había hecho la bala después de atravesar su nuca, imaginarme sus palabras en polaco que lograron salvarle la vida a mi abuelo, pero ya sólo logré imaginarme una cola eterna de individuos, todos desnudos, todos pálidos, todos enflaquecidos, todos llorando y rezando el Kaddish en absoluto silencio, todos piadosos de una religión cuya fe está basada en los números mientras esperan en cola para ser ellos mismos numerados.

viernes, 7 de mayo de 2021

Del problema de enamorarse de cosas prácticas



Me enamoré de Práctica en el verano del 98, cuando la vi por primera vez en un parque cualquiera, en medio de gente común y corriente que fue testigo de nuestro amor a primera vista, ¿o fue a segunda vista? Realmente, todavía no lo sé. 

El hecho es que comenzamos a pasar tiempo juntos. Yo disfrutaba como loco besar su piel brillante, casi tan adictiva como la cocaína, hundirme en su sexo, embriagarme con su olor… pero como todo jovencito inexperto, resulté ser un inútil para cumplir con todas sus necesidades, por lo que la fui perdiendo poco a poco, día con día, como se escurre un puñado de arena seca entre las manos. 

Cuando terminamos, me costó digerir esa ruptura. Práctica había dejado una profunda huella en mi manera de percibir y comprender las cosas, en mi forma de amar y vivir, por lo que me entregué irremediablemente a las drogas y al alcohol. 

Unos amigos que tenía por aquel entonces, me invitaban frecuentemente al bar, y yo me emborrachaba tomando dos o tres cervezas, ya que nunca había sido un asiduo bebedor. Entonces, ellos se reían, se burlaban de mí y me decían: “amigo, te falta práctica, te falta práctica, amigo”, y yo no podía hacer otra cosa más que ponerme a llorar, porque, aunque yo no lo quisiera, era algo totalmente cierto. 

Me hacía falta Práctica, y mucho.

martes, 24 de noviembre de 2020

El reto de una reforma educativa en El Salvador

Publicado en Contrapunto.

Decir que esta pandemia vino a desnudar las falencias de nuestro sistema educativo público no sería nada nuevo. Las carencias de la escuela salvadoreña son crónicas, y se han venido arrastrando desde hace décadas: pocas habilidades tecnológicas de los más de 30 mil maestros en servicio, carencia de equipo tecnológico adecuado, falta de recursos como internet y computadoras, son sólo algunos ejemplos.

En conversaciones con amigos y profesionales de la educación, hemos analizado la posibilidad de resumir los retos de la educación pública, luego de la pandemia, en una sola y perentoria apuesta: promover una reforma educativa acorde a las necesidades y exigencias de nuestra sociedad en el siglo XXI.

Esta reforma debería iniciar con la dotación de los recursos necesarios para un aprovechamiento académico exitoso en todas las instituciones públicas. Por ejemplo, sólo el 20% de las escuelas cuentan con una biblioteca escolar, el 25% de ellas poseen acceso a internet, y sólo el 40% cuenta con un centro de cómputo, según fuentes del Ministerio de Educación. En otras palabras, nuestras instituciones necesitan convertirse, en primer lugar, en centros de estudio equipados para garantizar la adquisición de habilidades básicas y tecnológicas de nuestros niños y niñas, además de contar con una infraestructura adecuada y en buen estado.

En segundo lugar, es inevitable una actualización curricular. El documento de la Unesco titulado “Educación y habilidades para el siglo XXI” hace énfasis en la necesidad de formular un currículo pertinente que favorezca la producción científica e investigativa, así como el desarrollo de una conciencia crítica en los maestros y estudiantes. Luego de esta crisis, resulta imprescindible desarrollar en nuestra niñez habilidades blandas como la empatía, la comunicación asertiva y la mediación para la resolución de conflictos, así como la toma de conciencia del valor de nuestros recursos naturales (alfabetización ecológica). Hasta la fecha, seguimos formando ciudadanos con muy poca lectura y con un enorme desconocimiento de nuestra historia nacional, sin capacidades creativas, ni reflexivas ni críticas… precisamente las habilidades que el Global Education and Skills Forum 2018 recomienda fomentar.

Por último, y no menos importante: el recurso humano. No se trata sólo de educadores en servicio, sino de profesionales de la salud mental y artistas que deberían ser un pilar fundamental dentro de nuestro sistema educativo. Casi un centenar de psicólogos están disponibles para más de un millón de estudiantes y existe una carencia de más 3,000 maestros de educación artística en las aulas salvadoreñas. La formación y actualización académica es otro tema que debería abordarse: casi un 80% de colegas tienen únicamente estudios de profesorado, mientras que el resto posee título de licenciatura o de maestría.

Iniciar esta reforma educativa implicaría no sólo un mayor presupuesto para esta área, sino una serie de diálogos y consultas con amplia participación de sectores académicos y fuerzas vivas de la sociedad. Un diálogo que debería liderar la ministra Carla Hananía de Varela a la mayor brevedad posible.

¿Computadoras para maestros y estudiantes?

Dudo que un ordenador pueda aprovecharse al máximo si nuestros estudiantes apenas poseen habilidades de escritura y la lectura comprensiva o cuando el tema de la jubilación y retiro digno está en la mente de miles de colegas con más de 30 años de servicio. Si bien es cierto, este año se han capacitado casi 30,000 maestros en el uso y manejo de Google Classroom, esto podría no ser suficiente si las herramientas no van de la mano con una mayor formación profesional y un incentivo salarial acorde a la experiencia y grado académico del formador, y no manera generalizada como pretenden hacerlo el ejecutivo para el próximo año.

No podemos construir una casa sin antes trabajar bien sus cimientos. Cualquier propuesta que se formule sin una base técnica, legal y sin acuerdos entre los actores educativos, vendría a ser un parche más que poco impactará en el desarrollo humano de las y los salvadoreños.


domingo, 19 de julio de 2020

Los docentes también son héroes en esta pandemia



Texto publicado en Disruptiva.

El reconocimiento al trabajo que realizan los cuerpos de seguridad y personal de salud durante la presente crisis ha sido evidente, y con justa razón: son héroes y heroínas en primera línea, a pesar de los pocos recursos con los que cuentan, a pesar de la amenaza latente de contagiarse y morir por Covid-19. Sin embargo, dentro de la estrategia comunicacional del gobierno no se percibe una valoración similar al trabajo de otro sector que está luchando para garantizar el derecho a la educación y la salud mental de miles de niños, niñas y adolescentes: las y los profesionales en educación. 
El liderazgo asumido por cientos de directores, por ejemplo, es digno de admirar. En este momento, muchos se encuentran gestionando la entrega de guías a estudiantes sin conectividad, organizando entregas de alimento, brindando indicaciones al personal docente, recogiendo datos para las departamentales de educación, coordinando el registro de calificaciones. Todo esto para garantizar la continuidad educativa y brindar acompañamiento cercano a sus comunidades. Hoy más que nunca, el liderazgo y la comunicación efectiva nunca habían sido más necesarias, máxime en comunidades donde los servicios del Estado son precarios y la conectividad es casi nula. 
Por otro lado, el compromiso asumido por miles de maestros es digno al menos de un spot de cinco minutos: la explicación de las guías proporcionadas por el Ministerio de Educación (Mined), la elaboración de videotutoriales, clases en línea, revisión de tareas, consultas a cualquier hora del día, son parte de las tareas que muchos colegas están llevando a cabo en este preciso instante. Según datos de la Encuesta a Docentes en Emergencia por Covid19, el 83% de los docentes han logrado establecer contacto con su grupo de alumnos, y el 74.9% continúa en contacto constante con ellos a través de su aparato celular, auxiliado de whatsapp y redes sociales.  

Educar en crisis ha significado guiar a los estudiantes y padres de familia en el manejo de las nuevas tecnologías y en el manejo de las emociones. Directores, docentes y psicólogos del sector privado y público se han visto en la necesidad de aprender, de la noche a la mañana, a utilizar diversas aplicaciones tecnológicas y a brindar un acompañamiento socioafectivo a estudiantes y padres incluso a costa de sus mismos recursos (computadoras, teléfonos, energía eléctrica e internet). Al igual que el sector Salud, el sector Educación ha tenido que aprender rápido e improvisar para garantizar los aprendizajes de millones de niños y niñas en medio de la incertidumbre, a pesar del incremento del número de deserciones escolaresa pesar de la disminución salarial que han experimentado las y los maestros de pequeños colegios privados que han asumido valientemente su labor a pesar de que algunos padres de familia se resisten a pagar la colegiatura, ya sea porque las prioridades en el hogar han cambiado o porque ha perdido sus empleos. 
No podemos dejar de lado a los profesionales de la salud mental y trabajadores sociales que también están haciendo lo suyo en las distintas municipalidades.  También son héroes y heroínas. 
Es por todo esto y más que el sector docente no solo merece que se le otorgue un reconocimiento público, sino mayor autonomía en su poder de decisión dentro de sus comunidades, un mayor acercamiento por parte de las autoridades del Mined para que lideren un constante diálogo efectivo y gestionar, ¿por qué no? hasta un subsidio a aquellos maestros de colegios privados pequeños para que puedan solventar sus necesidades más inmediatas.
Aplaudo a mis colegas docentes, amigos directores, psicólogos y psicólogas, a los maestros de mis hijos, quienes están dejando el alma por el bien de nuestra niñez y juventud salvadoreña, a pesar de que no se les reconozca o les tilde de locos o exagerados. Hoy más que nunca, los docentes también son héroes, y es perentorio comenzar a decirlo, reconocerlo y valorarlo. 

martes, 30 de junio de 2020

Poemas para confinados


Han pasado tres meses de confinamiento. Tres meses desde que la normalidad del país se rompió y nuestras hábitos fueron sustituidos por otros nuevos: saludar con los codos, portar mascarilla, evitar acercarnos o peor aún, intentar tocarnos y abrazarnos. 

A pesar de todo, he sabido sacar oro de este aislamiento y he invertido horas en lecturas y nuevos proyectos educativos y narrativos. Para mí todo esto fue una sorpresa, debo admitirlo, porque me permitió concentrarme en actividades más creativas, a reconectar con viejas amistades y permitirme un espacio para la experimentación y la autoexploración.

Hace unas semanas, Revista La Zebra publicó unos textos que justamente nacieron de esa experiencia creativa y que recibieron por nombre "Poemas para confinados". Guardo la esperanza de desarrollar una propuesta poética en una sola unidad y retomar los temas que saltan a la vista en dichos versos. Agradezco a Jorge Ávalos por el espacio y la confianza y a Alberto López Serrano por permitirme compartirlos en el miércoles de poesía del día de mañana.

La patria del ridículo

Habitamos una tierra de nadie
una tierra extraña
donde año con año plantan su carpa los eternos titiriteros
meten sus clavos en la entraña de nuestros hijos
y martillan rabiosos
con la sonrisa estampada en la mirada
Vienen a cambiarnos la vida, dicen
aseguran un regalo para nuestros ojos
y si realmente creemos
podremos hacer esos sueños
una entera realidad para nuestra carne
Se visten de lino
se pintan la cara
y nos presentan el estrafalario circo de las pulgas
y en medio de su sonrisa ridícula y atroz
nos narran, con altibajos, las proezas de sus alimañas
nos gritan en la cara sus acrobacias
y nos exhortan
a que imitemos sus portentos
porque nosotros también somos (ellos bien lo saben)
hijos de la pulga
el piojo
la lombriz
y la cucaracha.
Y mientras nos cantan sus canciones de feria
mientras nos muestran sus títeres siniestros
y danzan y lanzan

papelitos que la audiencia come
como palomitas de maíz
nos envuelven en su telaraña de ideas infinitas.
“Estas ideas son maravillosas”, sentencian
al mismo tiempo que nos sacan de los bolsillos
las pocas monedas que nos quedan para soportar el hambre de las horas
nos sustraen los sueños
mientras depositan en nuestras manos
un espejo para reírnos de lo que hallamos
en el fondo de su reflejo
“Respetaréis estas ideas”, dicen
mientras levantan su carpa
y nos anudan con sus lazos y correas
“¡Respetaréis las ideas!”
gritan
“¡Respetaréis!”
gruñen, mientras se alejaban afanosos,
sin dejar de apuntar con sus cañones de ensueños celestiales
Y así
se marchan
dejando a los habitantes de aquella extraña tierra
con una enorme sensación de desasosiego
deseando olvidar
por al menos unos cuantos años
la enorme vergüenza que les carcome la cara
anhelando a que llegue otro nuevo circo
que nos haga reír y olvidar
al menos por unos instantes
los días de miseria y desencuentros
que nos dejaran los actores del circo anterior.

Pantógrafo Editores: una nueva antología de educadores

El sábado 22 de octubre presenté mi primer proyecto antológico: "Cuentos Indispensables" bajo el sello de Pantógrafo Editores . Fu...