lunes, 14 de junio de 2021

El Salvador: una regresión constante de garantías democráticas alcanzadas

Texto publicado en El Escarabajo.

La democracia en un país es algo más que emitir el sufragio: se construye haciendo vida democrática, con pequeñas acciones tales como poseer la capacidad de dialogar y debatir con quienes tienen diferentes puntos de vista, respetar las leyes, la independencia de las instituciones, a la academia, y sobre todo, los derechos fundamentales de sus ciudadanos.

El Salvador tiene una escasa vida democrática, poco más de 30 años, y aunque imperfecta, débil, ya habíamos logrado una alternancia en el poder entre distintos actores con visiones diferentes sobre el manejo del Estado. Si bien, estos institutos políticos (PDC, Arena y el FMLN) defraudaron a las grandes mayorías debido a sus sonados casos de corrupción e inoperancia en el manejo de nuestros recursos, habían aprendido respetar el Estado de Derecho y a mantenerse dentro de las reglas democráticas de juego. Nuestro país tuvo algunos avances en materia de transparencia, en el fortalecimiento de las instituciones públicas, respeto a las decisiones de la corte y tribunales electorales, porque precisamente gracias a esa independencia, a esa contraloría, se frenaron los abusos de poder o al menos, se castigaron luego de haberse cometido, como ocurrió con el caso de Tony Saca, Francisco Flores y el aún pendiente Mauricio Funes. Sin embargo, en este nuevo panorama donde el partido Nuevas Ideas es el protagonista, este andamiaje se ha venido abajo poco a poco.

La salvadoreña es una sociedad bastante particular: la edad promedio de escolaridad es de 7.1, según la EHPM. En el Índice de Desarrollo Humano ocupamos el puesto 124 de 189 países, lo que indica que somos un país bastante pobre. Como deuda pública, de cada dólar que producimos debemos más de 0.90 ctvs., lo que nos hace un país altamente endeudado. Sumado a esto, somos una sociedad conservadora, con una enorme desilusión de partidos tradicionales mencionados anteriormente. Ante este panorama, se nos reveló un publicista bajo una estrategia de constantemente victimización, irreverente y con un discurso persuasivo que prometía algo más que el cielo, la luna y el mar: el bachiller Nayib Armando Bukele Ortez. Mediante una poderosa maquinaria propagandística que incluyó un hábil manejo de las redes sociales, este político se vendió como la nueva idea que nuestro país necesitaba, pero con tinte autoritario y fantasioso, tanto que aún a dos años de mandato, seguimos esperando muchas de las promesas de campaña que deslumbraron al pueblo salvadoreño.

En estos dos años, Bukele Ortez no sólo ha eliminado las prácticas democráticas que mencioné en un inicio, sino que ha pasado a controlar los tres poderes del Estado mediante un discurso tan apasionado como recurrente: la satanización de los partidos tradicionales, transformando esa desilusión en odio exacerbado, marcando la agenda mediática a través de la divinización de su figura, imagen por la que ese votante promedio apostó para que concentrara el poder absoluto que permitió el golpe de Estado del 1 de mayo y la reciente «bitcoinización» en El Salvador.  

En este nuevo escenario, percibimos que los tiempos autoritarios, donde expresar una opinión diferente al oficialismo, han regresado. Esto lo confirmó hace unos días el ministro de Seguridad Pública, Gustavo Villatoro en una entrevista matutina. El nepotismo es una práctica de lo más común en la presente administración, y los graves señalamientos de corrupción y falta de transparencia son cada vez más recurrentes. Incluso, el Instituto de Acceso a la Información ha sido prácticamente desmantelado y por lo que se percibe, la cosa no va a mejorar: 9 de cada 10 salvadoreños evalúan positivamente estas acciones, según la encuesta publicada este mes por el Instituto de Opinión Pública de la UCA.

¿Proyecciones?

Bajo un gobierno autocrático, sin planificación, sin diálogo, ni respeto a nuestras leyes, dentro de unos años estaremos viviendo un panorama sociopolítico similar al de Nicaragua y Venezuela. Es muy probable que en la presente década suframos una regresión acelerada de las garantías democráticas alcanzas luego de los Acuerdos de Paz. La instrumentalización de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional Civil cobraría mayor protagonismo. Los colectivos minoritarios serían cada vez menos escuchados, y puede que incluso existan acciones concretas para eliminarlos. Las primeras muestras de negacionismo histórico se verán replicadas enarbolando la falacia «por primera vez en la historia», y el aislamiento con respecto a la comunidad internacional será algo cada vez más evidente.

Sin embargo, el eslogan de Nuevas Ideas no tiene ningún margen de duda: hicieron historia. En menos de cinco años, muchas de las conquistas alcanzadas luego del conflicto armado se verán eliminadas, mientras que el desempleo, la falta de oportunidades, la violencia pandilleril y la migración forzada seguirán siendo fenómenos inamovibles, precisamente porque los verdaderos problemas de los salvadoreños es lo que menos le interesa a los actuales gobernantes.

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